Hermanas de San Jose de Lyon
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Nuestra Historia

 

 

La Congregación de las Hermanas de San José de Lyon, fue la heredera más importante de la Congregación de Hermanas de San José que fue fundada en Francia, a mediados del siglo XVII y que se extinguió, al menos públicamente, por la Revolución Francesa (1789 – 1799), ya que su espíritu y servicio permanecieron vivos en el corazón y la vida de muchas religiosas.

 

        La Congregación de Hermanas de San José surgió por la inspiración de un jesuita, el P. Jean Pierre Medaille, que constataba la necesidad de responder a las diversas pobrezas de su tiempo: físicas, económicas, espirituales… Veía la capacidad de la mujer para esa empresa, pero la mentalidad de la época, no permitía la vida religiosa fuera del claustro. Su primer intento fracasó parcialmente, ya que la Iglesia no concebía religiosas fuera del claustro, pero otros apóstoles del tiempo, como Francisco de Sales y Vicente de Paúl, luchaban por abrir brecha. Fortalecido por esos ejemplos, y por el impulso del Espíritu Santo, se lanzó a realizar una congregación religiosa femenina en que se viviera una profunda vida interior y al mismo tiempo un servicio directo al prójimo en sus diversas necesidades, inclusive fuera del convento. Dios lo puso en contacto con un obispo muy abierto, que conocía los intentos que se hacían y quiso ayudar a que se realizara sólidamente ese proyecto, tomando él, como obispo, la responsabilidad del mismo para que pudiera existir canónicamente en la Iglesia.  Se inició el 15 de octubre de 1650 en la ciudad del Puy, tomando las Hermanas el cuidado de las niñas huérfanas de la ciudad. El P. Medaille fue el encargado de hacer las Constituciones de la Congregación de Hermanas de San José y el Obispo, Mons. Enrique de Maupas, fue el Superior de las casas existentes de entonces.

 

        La novedad fue en general bien acogida por el pueblo y por la sociedad francesa. Las vocaciones y las casas se multiplicaron, así como los servicios que se prestaban: enfermos, ancianos, catequesis, escuelas donde no había, etc…

         Las otras diócesis al ver el beneficio, quisieron a su vez tener Hermanas de San José y los servicios que fueran surgiendo. Las casas eran autónomas, todas tenían la misma Regla, y como los medios de comunicación eran difíciles, el Obispo de la diócesis era quien mantenía la unidad de la Congregación.

 

        Llegó la Revolución Francesa en 1789 y destruyó todo. Pero no pudo impedir que muchas religiosas permanecieran fieles a su ideal, y como civiles, a veces viviendo juntas dos o tres de ellas, continuaran con una labor humanitaria en sus diferentes localidades y, en cuanto pudieron, guardaron sus documentos congregacionales escritos a mano.

 

 

Al final del conflicto 1799, con el Concordato, las congregaciones religiosas surgieron nuevamente. Toda la ayuda social era urgente, pero ya inexistente.  El Arzobispo de Lyon, el Cardenal Fesch, tío carnal de Napoleón I, constataba la miseria de la población, pero no había nada organizado para remediarla.  Alguien le hizo conocer la labor de las Hermanas de San José antes de la Revolución y él quiso volver a tenerlas. Fue así como un misionero de paso le hizo conocer la existencia de Madre Mère Saint-Jean Fontbonne, que vivía en su diócesis y que podría ser quien le ayudara. Llamada por el Cardenal, recibió ella la encomienda de restaurar la Congregación de las Hermanas de San José para ayudar a todas las necesidades del pueblo. Ella vivía entonces en la casa de sus padres, con dos Hermanas religiosas, haciendo una pequeña comunidad. Aun cuando en su humildad se sintió muy pequeña para semejante encomienda, obedeció en la Fe e inició la restauración de las Hermanas de San José añadiendo de Lyon, ya que el mandato era sólo para esa diócesis. Sin embargo en varias diócesis religiosas se estaban reestructurando y tomaban igualmente el nombre de su diócesis.

 

        La Congregación de San José de Lyon, bajo la dirección de Madre Mère Saint-Jean Fontbonne, creció rápidamente, se organizó en Casa General con casas filiales por toda la diócesis, emigró a otras diócesis que a su vez formaron congregaciones San José diocesanas para servir a todas las necesidades y llegó hasta los Estados Unidos y Canadá para necesidades concretas, donde a su vez formaron nuevas congregaciones San José.

Fundación de México: 1903

 

El crecimiento de la Congregación de San José de Lyon  era rápido y consistente.  Sin embargo, la evolución de la sociedad francesa y de sus dirigentes llevó a declarar las Leyes de Laicidad al inicio del siglo XX. Las escuelas debían de ser laicas, por lo que las religiosas no podrían estar en ese servicio; además todas las maestras debían de tener el diploma expedido por el Estado.  Cientos de escuelas tuvieron que cerrarse, y sólo algunas religiosas, vestidas de civil y que poseían el diploma, pudieron guardar una que otra escuela.

 

        Ante las dificultades concretas, varias religiosas prefirieron regresar a sus hogares por la falta de recursos en la Congregación. Otras, pensaron que era la oportunidad de salir a misiones a otras partes del mundo. Una de ellas escribió: “No nos quieren en Francia, nos tendrán por todas partes”, lo que resultó cierto.

 

        La Congregación de Lyon llegó a México en octubre de 1903, apoyada y recibida por el P. Félix de Jesús Rougier, entonces superior de los Padres Maristas. Aun cuando las Hermanas venían para ayudar en la educación de las niñas de la Colonia francesa, la presión de las familias mexicanas les hizo atender a las niñas mexicanas y agrandar el Colegio San José con el que iniciaron en la Ciudad de México, en Buenavista y luego en Santa María la Ribera de San Cosme. La presión de las familias por un colegio más cercano, más central, hizo que en 1904 abrieran otro, el Santa María, en calle de Moneda, detrás de Palacio Nacional. Los dos colegios se desarrollaron y el Santa María, en 1929, cambió a Colonia del Valle, que a penas empezaba su colonización.

 

        Desde el inicio, varias de las Hermanas francesas que llegaron a México se dieron cuenta de la situación de la ciudad, del país, de la necesidad de atender a la población de los pobres, de los indígenas y pedían refuerzos a Francia para poder ellas dedicarse a los pobres. Aunque algo hacían al respecto, era poco para lo que ellas constataban que sería necesario.

 

        Comenzó la Revolución Mexicana (1910-1927) y  la persecución Religiosa 1926 -1929. Las Hermanas las soportaron con valor, viviendo los peligros, sirviendo a sus alumnas y a quienes pudieron durante esos años difíciles, sin aceptar la idea de regresase a su país. Comenzaron a surgir vocaciones mexicanas, atraídas por el ejemplo heroico de sus maestras. El deseo de ayudar a la gente pobre iba en aumento. Iniciaron catequesis en lugares populares y poco más tarde escuelas para gente de mínimos recursos.

 

        El Concilio Vaticano II y su aplicación para América Latina en Medellín, más los movimientos mundiales por cambios sociales, influyeron especialmente en el alma de la Provincia, y se decidió responder con valor a los llamados silenciosos y a los clamores de los pobres. La Provincia de México decidió responder a través de quienes quisieran dedicarse a ese servicio. Las decisiones no fueron fáciles, dados los compromisos ya contraídos, pero el llamado a mayor justicia en el servicio al pueblo de Dios fue tomando fuerza y se abrieron nuevos caminos de apostolado entre los pobres y excluidos, los campesinos e indígenas, entre los marginados  y migrantes, etc.

 

        En el mundo globalizado e interdependiente, la Congregación de San José de Lyon ha trabajado mucho por la unión en amistad y servicio con las demás congregaciones San José del mundo, constituyendo una comunidad global para responder mejor a las necesidades en el mundo actual y ha formado una ONG para tener voz en la ONU y desde ahí apoyar reformas necesarias para la Justicia y la Paz en el mundo de hoy.

 

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